Biblia Adventista - Biblia de Estudio
  CH45
 

  


MEJORE LOS SERMONES YA
PREDICADOS

Vamos comenzando con una declaración aforística: Virtualmente todo lo que hacen los hombres es susceptible de ser mejorado. Apliquémosla a los sermones. Si usted hace un sermón hoy, éste no sería igual que si lo hubiera hecho hace un año. (Si fuéramos estrictamente certeros, diríamos que un sermón hecho a esta hora del día sería diferente si el mismo sermón hubiera sido hecho hace dos horas; uno sería mejor que el otro y una combinación de los dos sería todavía mejor). Lo que sucede es que en la hechura de un sermón intervienen muchas cosas, entre ellas, el conocimiento de la Biblia, el conocimiento homilético, la ocasión, el propósito, la memoria, el tiempo disponible, la disposición de ánimo, el acceso a materiales homiléticos y exegéticos, la hora del día o de la noche, el lugar, el ambiente, la salud. Etcétera. Si hoy usted quisiera hacer nuevamente el sermón que hizo ayer (sin verlo, claro está) , y que fuera exactamente igual, la única manera de lograrlo sería hacerlo de memoria y que la memoria fuera prodigiosa. Pero sucedería que al quererlo igualito, cuando se le viniera a la mente un pasaje que ayer no se le vino, o un ejemplo, o un argumento, usted tendría que sacrificar todo lo nuevo, por muy bueno que fuera, para que no le saliera diferente. Pero, ¿quién querría hacerlo así? Nadie. Uno con una memoria prodigiosa recordaría todo el sermón de ayer y de ninguna manera se resistiría a añadir o cambiar lo que hoy considerara que haría mejor al sermón. Bien. Si es muy posible que un sermón hecho ayer sea mejorado hoy, es claro que cualquier sermón hecho en cualquier tiempo pasado puede ser mejorado después. Habrá sus excepciones, pero son tan pocas que no vale la pena considerarlas ahora. ¿Por qué un sermón hecho en el pasado puede ser mejorado hoy? Hay varias razones, entre ellas la de que ahora sabemos cosas que hace un año no sabíamos. Si no hemos crecido en el conocimiento --de la Biblia, de la homilética, de la vida--, deberíamos sentirnos avergonzados. Al observar nuestro sermón de hace un año, bien podremos notar que cierto punto no está bien explicado, que una palabra está mal empleada, que un argumento que usamos no es tan lógico como lo creímos en su momento. Un pasaje que ahora se nos viene a la mente claramente va más al punto o está más fuerte que el que anotamos antes. Un suceso reciente podría ilustrar mejor esta o aquella cuestión. Es más, yo aconsejaría que uno revisara cada sermón un rato después de que lo predicó. ¿Sentimos que a algo que nos parecía bien en el papel le faltó fuerza cuando lo expresamos en el púlpito? Si así es, ¿deberemos quitarlo o cambiarlo? Luego, creo que a todos nos ha pasado que mientras predicábamos se nos vino un detalle (un pasaje, una ilustración, un argumento) que al decirlo le ayudó al sermón. Pues ¿qué esperamos para incorporarlo al bosquejo? Que se quede allí para la próxima vez que prediquemos ese sermón. Uno haría muy bien si de vez en cuando, en la privacidad del estudio u oficina, (o en el rinconcito de la casa donde trabajamos intelectualmente) sacáramos un montoncito de nuestros bosquejos viejitos y los observáramos viendo qué cambios se nos ocurren que podrían mejorarlos. A veces uno se asombra de las fallas homiléticas o de otra índole que cometió al hacer este o aquel bosquejo años atrás. Pero la idea es buena, nos decimos, de manera que no tiraremos el papel a la basura sino que le haremos las correcciones que ahora sabemos necesita el bosquejo. Entre nosotros hay quienes parecen pensar que un sermón se predica después de hacerse y luego se guarda como un recuerdo del pasado y ya nunca se usa otra vez. Esto es un error. Quienes así lo acostumbran a veces predican sermones nuevos que de ninguna manera les llegan a sermones que hicieron y predicaron largo tiempo ha. Además, nuestros oyentes no tienen tan buena memoria. Como dijo una vez un hermano con cierto sarcasmo: "Si a un sermón le cambias el título, la introducción y la conclusión, nadie recordará que ya lo escuchó hace un mes." Si lo que predicamos unos, digamos, siete años atrás, requiere ser predicado ahora y recordamos que el sermón era bueno, prediquémoslo otra vez. Pero cuando lo estemos estudiando tengamos en cuenta que en el tiempo transcurrido han pasado cosas, sobre todo en nuestro intelecto, que podrían traducirse en mejoras al sermón. Luego, aun un sermón un tanto reciente puede ser predicado en otro lugar a otra audiencia. Hagamos lo mismo. Antes de predicarlo observémoslo con miras a mejorarlo si se pudiera. Lo anterior requiere trabajo y esfuerzo intelectual. Pero vale la pena hacerlo pues eso logra que nuestros sermones sean cada vez mejores. Seguramente eso queremos nosotros y además el efecto logrado al predicarlos será más benéfico a nuestra audiencia. En última instancia, nuestro trabajo intelectual de mejoramiento de sermones redundará en la gloria de Dios. :
  
 

 
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